BAFICI 2026: GENTE DE LA RUTA
de Lucas Koziarski
Recorrí varias veces las rutas del NEA, el noreste Argentino, estuve con crecientes de campos todos inundados, la conocí con sequías de soles opacos, estuve en escuelas rurales del Chaco, estancias, ruinas, he trabajado en madereras en Misiones, una vez entre naranjos y yerbatales viajé en moto desde Buenos Aires hasta las Cataratas del Iguazú, atravesé arrozales con el graznido áspero de los juveniles de la cigüeña maguarí (Ciconia maguari) y el croar misterioso y alucinatorio de las ranas lloronas (Physalaemus), recorrí la ruinas jesuíticas de Misiones entre el sangriento barro que por años colorearon mis remeras y medias para finalmente recalar en la casa de Horacio Quiroga con mi primer edición de cuentos de la selva en mi mochila; conocí el santuario del Gauchito Gil. A la vera de un camino escuché de la boca de una bruja cuentos de fantasmas bajo la mortecina luz de un mechero infernal. En un solitario bar de Misiones me hablaron sobre confabulaciones nazis, y en una tarde de calor agobiante con enormes nubes en el horizonte, logré ser llevado (alguna vez contaré cómo) a las ruinas de la supuesta casa de Martín Bormann en el parque provincial de Teyú Cuaré, día en qué, sobre sus finales, se desencadenó una de las peores tormentas que recuerdo.
De todos los viajes, siempre algo queda, algo que se revuelca incomodo entre los sudarios húmedos de las pesadillas recurrentes, algo que nunca deja de resonar, que se pudre en nuestra conciencia, incluso hasta hoy cuando me llegan noticias de esos ahora lejanos lugares me estremezco en recordarlos, dos imágenes que indefectiblemente se relacionan, y el que no los relaciona peca de ingenuo o de cómplice, como los medios locales que sistemáticamente fingen demencia; uno es el de la prostitución a la vera de las rutas, visiones pesadillescas de mujeres en cortos pantaloncitos, muy ajustados, siempre con una bolsita en la mano, nada elegante, ningún intento de engaño de rimmel y pestañas postizas, tampoco lentejuelas, ajuares o doradas lentejuelas, siempre bajo una luz mortecina de algún farol, siempre a punto de apagarse.
A los lados de las estaciones de servicio, o en las rotondas de salida de los pueblos, se las puede ver subiendo a los camiones, nunca supe donde bajan ni como vuelven, aunque si uno presta atención se las puede ver descender de micros de linea en paradas desoladas. La otra imagen, aunque mediada por un papel, pero más dolorosa aún, es el de los carteles con fotos de niñas y niños, por lo general en las terminales de micros, que buscan a jovenes desaparecidos, de ambos sexos. Es muy impresionante verlo, algunas promocionadas por organismos no gubernamentales, cualquiera puede sacar sus conclusiones.
En el trabajo de Lucas Koziarski, nacido en Oberá, nada está dicho de un modo explícito, pero tampoco hay eufemismos, un oscuro destino sobrevuela el film, entre la luz y la oscuridad, nos lleva por los silencios doloroso de la gente que habita estos territorios; el silencio, es el silencio de la personas que viven la tragedia de la violencia contra el cuerpo de la mujer de manera naturalizada, como si fuese una forma de intimidad. Si hay algo que reprochar al film, que (quizás por pudor, quizás por creer que es cosa ya sabida) no explicita o precisa más el tema, lo deja en cortas frases, en insinuantes imágenes, en conversaciones elípticas, quizás debiera trabajar más el tema.
Koziarski nos lleva por ese abismo de mujeres que encuentran en el oficio mas antiguo del mundo una salida económica a riesgo de ser también el final de sus días, sin prejuzgar, ni dictar sentencia, con muy buenas actuaciones de Cynthia Benitez Marcia Kinjuk y Zulema Heidel, logran las tres darle la superficie de angustia y tristeza necesaria para sumergirnos en esa realidad; veremos en el futuro si es una marca autoral o simples audacias de opera prima.


